Del SÍ de las niñas al NO de las mujeres: Límites y autoestima
No es a la vez la herramienta y la barrera por la cual establecemos y mantenemos el perímetro distintivo del yo. No dice: «Esto es lo que soy; esto es lo que valoro; esto es lo que haré y lo que no haré; así es como elegiré actuar». Amamos a los demás, damos a los demás, cooperamos con los demás y complacemos a los demás, pero somos, siempre y en el fondo, seres distintos y separados. Necesitamos que el NO esculpa y sostenga ese espacio.
– Judith Sills
Decir NO parece sencillo, pero para muchas mujeres es un acto de valentía. Durante generaciones se nos ha enseñado que negarnos es peligroso: que puede costarnos cariño, aceptación, reputación o incluso seguridad. Desde pequeñas aprendemos a suavizar, a ceder, a sonreír aunque algo nos incomode, a priorizar el bienestar ajeno por encima del propio. El Sí se convierte en un reflejo automático; el NO, en una transgresión.
Pero decir Sí a todo tiene un precio: nos desgasta, nos fragmenta, nos aleja de nosotras mismas. Recuperar el NO es un acto de autocuidado y de integridad. Es empezar a esculpir, como dice Judith Sills, el perímetro de quiénes somos.
El SÍ de las niñas
Cuando era niña, me sentía identificada con un póster de tela que mi tía tenía en su habitación. Era la ilustración de un niño triste con un poema, en el que confesaba que no entendía a los mayores, porque le pedían que fuera bueno y si desobedecía se enfadaban con él, y le dolía mucho.
A mí, que lo leía una y otra vez, me impresionaba esa idea tan simple y tan poderosa: el cariño dependía de portarse bien, de no molestar, de no contradecir, de ser obediente. Aunque el protagonista era un niño, lo cierto es que a los hombres se les permite cierta desobediencia.
Según Susan Newman, psicóloga y autora de The Book of No, «Se espera que los hombres se afirmen (a sí mismos) y digan lo que piensan, porque eso es lo que les da un estatus en nuestra sociedad. Aprenden a decir “no” desde el principio porque si no lo hacen, son etiquetados como débiles».
Sin duda, con las mujeres ocurre lo contrario. Desde niñas se nos enseña a ser amables, serviciales, complacientes, a evitar conflictos y a priorizar las necesidades de los demás sobre las nuestras. Es nuestro rol de género.
Roles
Amelia Valcárcel, filósofa, catedrática y referente del feminismo español, identifica esta carga, profundamente arraigada en los estereotipos de género y las expectativas sociales que se han impuesto a las mujeres, como la «ley del agrado».
Según Valcárcel, las mujeres hemos sido educadas en agradar y satisfacer al otro, aunque no seamos conscientes de ello, mientras que los hombres sí lo son, y lo exigen consciente o inconscientemente.
Y cuando despertamos, cuando intentamos poner límites o decir NO a situaciones incómodas, desagradables o incluso agresivas, la sociedad nos tacha de brujas, de malvadas, de malas. O de histéricas.
Una etiqueta que hunde sus raíces en la medicina y la filosofía griegas, y que durante siglos sirvió para justificar que se castigara, quemara o encerrara a mujeres simplemente por atreverse a reivindicar su libertad y a no obedecer. Y ese estigma, ese repudio social, que perduran en el subconsciente colectivo, nos dificultan rebelarnos, enfadarnos, decir NO cuando es NO.
Pero como afirmó la psicóloga clínica Macarena Venegas en esta entrevista, «En esta cultura, no tenemos derecho a enojarnos porque está mal visto. Y eso tiene relación con los estereotipos de género. Pero el enojo es una emoción adaptativa que, justamente, es un motor súper grande que ayuda a poner límites».
Culpa
Si nos han educado en el servicio a los demás, en ayudar y estar siempre presentes; por eso, cuando decimos NO nos sentimos egoístas. Pero hay que aprender a diferenciar el egoísmo negativo del positivo. El egoísmo negativo es una actitud centrada en el propio beneficio, sin importar si eso perjudica o daña a los demás.
Las personas egoístas (en especial, las que tienen alguno de los rasgos de la triada oscura —narcisismo, maquiavelismo y psicopatía—) piensan solo en sí mismas, muestran poca empatía y buscan ventajas personales sin importarles el coste.
Por el contrario, el egoísmo positivo se basa en la idea de que para poder ayudar y estar presentes para los demás, primero debemos asegurarnos de que nuestras propias necesidades estén cubiertas. Si estamos agotadas, desequilibradas, enfermas, no podremos estar para nadie… incluyéndonos a nosotras mismas.
Y si caemos, si no nos quedan fuerzas, ¿quién nos levantará?
Miedo
El miedo es uno de los motivos más poderosos que nos impulsan a satisfacer todas las exigencias de los demás a costa de nosotras mismas. Miedo a decepcionar, alejar o perder a alguien que nos importa.
Es profundamente humano no querer perder a nuestros seres queridos, pero si el miedo al rechazo nos lleva a ceder constantemente, sacrificando nuestro bienestar y dejando de lado nuestras necesidades, no es amor, sino dependencia.
Una cadena que nos ata a relaciones desiguales y nos pone en riesgo, no solo porque el otro puede acostumbrarse a recibir sin cuestionar el esfuerzo y sacrificio, sino porque nos expone. ¿A qué?
A los depredadores, a los narcisistas, a los personajes tóxicos que no dudarán en abusar de nosotras para satisfacer sus intereses, en someternos a situaciones dañinas (como mobbing y love bombing). en hacernos gashlighting cuando no les sirvamos para nada.
Decir NO nos aleja, sí, pero de estos personajes, no de aquellos que realmente nos quieren y respetan. Un NO fortalece las relaciones, porque establece un espacio de respeto mutuo y muestra quién está realmente dispuesto a valorarnos.
Sobreprotección
A veces decimos SÍ porque creemos que estamos cuidando y protegiendo al otro. Lo hacemos con nuestras madres cuando envejecen, con nuestros hijos cuando son pequeños, con nuestras parejas cuando están desbordadas.
Los percibimos incapaces, vulnerables, cansados, y nos anticipamos a sus necesidades o asumimos tareas que les corresponden. Es un acto de amor ayudar al otro cuando se siente desbordado, pero debemos tener cuidado de no excedernos, porque no será bueno ni para ellos ni para nosotras.
En psicología, este exceso tiene nombre: sobreprotección, facilitación excesiva o incluso indefensión aprendida; dinámicas en las que una persona hace por otra lo que esta podría hacer por sí misma. El resultado es siempre el mismo: su autonomía se reduce, su confianza en sus propias capacidades se erosiona y su dependencia crece.
Lo que empezó como un gesto de cuidado termina convirtiéndose en un obstáculo para su crecimiento. Decirle NO verbalmente o con nuestro comportamiento es un acto de amor, porque les obliga a enfrentarse a su vida y acaba fortaleciéndolos.
Empatía
Finalmente, es difícil decir NO porque somos empáticas. Vemos la decepción y el dolor que causamos al otro y no podemos soportarlo. No queremos herir. El problema surge cuando hacemos lo que no deseamos, lo que nos agota, lo que nos perjudica, porque entonces, la persona herida somos nosotras.
Es inevitable que ante una negativa, el otro pueda sentirse defraudado o herido, pero podemos minimizar el impacto a través de la comunicación asertiva , es decir, expresando nuestros pensamientos, sentimientos y necesidades de un modo directo, equilibrado, sincero y respetuoso. Sin juzgar, criticar, presuponer o culpabilizar, mostrando al mismo tiempo respeto y empatía con lo que la otra persona piensa, siente y necesita.
El poder del NO
Energía
Decir SÍ a todo, por miedo, culpa, costumbre o sentido del deber y sacrificio nos deja exhaustas. El NO corta ese drenado constante de energía hacia batallas y proyectos ajenos, permitiéndonos enfocarla en las nuestros.
Salud
Cuando decimos NO a lo que nos incomoda y sobrecarga, disminuyen la ansiedad, el estrés, la irritabilidad y el agotamiento. Esto no solo nos permitirá recuperar la salud mental y emocional, también la física.
Autoestima
Obedecer o satisfacer las exigencias de los demás a toda costa nos hace sentir manipulables, débiles, tontas. Cada vez que decimos NO desde la empatía y la asertividad, no solo mandamos un mensaje a los otros, sino a nosotras mismas: Me respeto.
Protección
El NO nos protege de la explotación y manipulación emocional; es un detector infalible de personas y dinámicas tóxicas. Quien nos aprecia de verdad respeta nuestros límites. Quizá sintamos miedo al principio porque no queremos perderlas, pero es lo mejor que nos puede pasar. Su ausencia dejará espacio para relaciones sanas con nosotras mismas y con personas que nos valoren.
Después de una vida entera educadas para agradar, para encajar, para satisfacer, para obedecer, para sostener vínculos a cualquier precio, recuperar el NO es un acto de respeto, de integridad, de protección. Cuando decidimos dejar de ser «niñas buenas que siempre dicen Sí» y de actuar en función de expectativas ajenas, empezamos a vivir en coherencia con nosotras mismas.
Como decía Gabriel García Márquez: «Lo más importante que aprendí a hacer después de los cuarenta años fue a decir no cuando es no.» Nunca es tarde. Di NO a lo que te drena.

Gema Bocardo. Licenciada en Derecho, escritora y redactora. Apasionada de la criminología, la psicología y la sociología, ahonda en sus artículos sobre la importancia de conocerse a uno mismo y a los otros, y desarrollar habilidades efectivas de crecimiento personal, comunicación y relaciones.