Mitos de la menstruación en torno a los alimentos y la cocina

La mayonesa se corta, la masa no sube, la cerveza fermenta, las verduras se pudren, el queso, las conservas y los encurtidos se estropean, la comida sabe mal o, ¡peor aún!, envenena al que la come… Si hay un terreno en el que abundan los mitos sobre la menstruación es el culinario. Tabúes y supersticiones que, lejos de desaparecer, continúan afectando a millones de mujeres hoy en día. 

El origen de estos mitos se remonta a las culturas antiguas que consideraban al cuerpo femenino y al ciclo menstrual (menstruación, embarazo, parto, lactancia, menopausia) fuerzas de vida, fertilidad y sanación (hasta el punto de utilizar la sangre menstrual como ingrediente de pociones y ungüentos curativos), pero también poderosos agentes de enfermedad y muerte (por lo que a las menstruantes se les prohibía realizar ciertas actividades como cocinar o entrar en campos de cultivo).

Aunque algunas sociedades consideran que la menstruación es algo poderoso, sanador, protector y sagrado, es la idea negativa de esta como un desecho del organismo capaz de contaminar a todo lo que le rodea, como un recordatorio de la ausencia de vida al no haberse gestado un bebé, del incumplimiento del deber principal de concebir que corresponde a las mujeres y de la amenaza que esto supone a la continuación del grupo, la que predomina en la sociedad gracias a dos textos que fueron tomados como científicos y de los que arrancaron las grandes corrientes médicas y filosóficas de la antigüedad: De la generación de los animales de Aristóteles y la Historia Natural de Plinio el Viejo.

La mujer tóxica

Para Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.), padre de la filosofía junto con Platón, el cuerpo femenino «está inacabado como el de un niño y carece de semen como el de un hombre estéril. Enfermo por naturaleza, se constituye más lentamente en la matriz, a causa de su debilidad térmica, pero envejece más rápidamente porque “todo lo que es pequeño llega más rápido a su fin, tanto en las obras artificiales como en los organismos naturales”. Todo esto, “porque las hembras son por naturaleza más débiles y más frías, y hay que considerar su naturaleza como un defecto natural».

Esta frialdad provocaba que las mujeres no digirieran bien el alimento, por lo que acababan expulsándolo en forma de sangre menstrual que, al ser abundante y mensual, las convertía en seres más débiles que los hombres.

El texto más representativo sobre los mitos que rodean a la menstruación pertenece a Plinio el Viejo ((23-79), escritor y militar romano que recogió en Historia Natural, enciclopedia de 37 libros, conocimientos científicos de la antigüedad entremezclados con leyendas y creencias populares que fueron tomadas como ciertas (incluso por los médicos) hasta que en el siglo XVII comenzaron a desmontarse por el método científico y el empirismo:

«Pero no se podría encontrar fácilmente nada más maléfico que el flujo de las mujeres: el mosto se avinagra si se acercan; si los tocan, los cereales no granan; lo sembrado muere; las semillas de los huertos se secan; los frutos de los árboles en los que se han apoyado, caen (…)». 

La menotoxina o veneno menstrual

Este mito popular sobre la toxicidad de la menstruación y su poder como sustancia tóxica que contaminaba y destruía todo a su paso se repitió hasta la saciedad en textos médicos a pesar de no tener ninguna base científica. De hecho, no solo se afirmaba que la menstruación era una sustancia tóxica, también que de la mujer menstruante emanaban efluvios tóxicos que podían matar, incluyendo su mirada (el mal de ojo).

Es decir: cuando una mujer estaba menstruando, su sola presencia era nociva ya que emanaba un veneno que podía enfermar a las plantas y estropear la comida.

Estos efluvios descritos por Paracelso (1493-1541), considerado padre de la toxicología, recibieron un nombre científico en 1920 gracias a Béla Schick (1877-1967), profesor vienés y médico de cierta relevancia que dirigió el departamento de pediatría del hospital Monte Sinaí de Nueva York durante esa década. Schick escribió en mayo de 1920 el artículo Das Menstruationsgift (El veneno menstrual ) en Wiener Klinische Wochenshrift (Los Escritos Clínicos Semanales de Viena) en el que explicaba la existencia de esta sustancia tóxica y mortal llamada menotoxina.

Según Schick, todo comenzó en la tarde del 14 de agosto de 1919, cuando recibió unas diez rosas rojas de tallo largo que apenas habían comenzado a abrirse. Para mantenerlas frescas, se las dio a una criada que debía ponerlas en agua. Grave error. A la mañana siguiente, todas las rosas estaban secas. El doctor erigió su dedo acusador hacia la pobre mujer y esta confesó que no debería haberlas tocado porque estaba menstruando y sabía que siempre que tocaba una flor teniendo el periodo se moría.

Como no podía ser de otro modo, el profesor Schick se puso a experimentar. Primero, le entregó tres flores a una mujer que estaba menstruando y en cuestión ¡de minutos! los capullos estaban medio muertos y en unas horas muertos del todo. ¿Y si el mito de que la masa no sube era cierto también?, se preguntó. Dicho y hecho. Schick pidió a varias personas que amasaran harina y, tras comparar la masa resultante, advirtió que la masa de Frau M, que estaba menstruando, era un 22% más fina y la mitad de ancha que la de las mujeres que no lo estaban. ¡Eureka! El veneno menstrual o menotoxina, sin duda.  

Que el doctor no mostrara ninguna prueba de sus afirmaciones no importó. Excitados por el artículo, otros investigadores comenzaron a experimentar con flores, ratones, leche materna y menstruación, como el antropólogo inglés, Ashley Montagu (1905-1999), que sugirió que, debido a los componentes químicos de la sangre menstrual, las mujeres secaban plantas, avinagraban el vino y malograban las cosechas de cebada; o como David Macht, médico de la época, que dobló la apuesta afirmando que la saliva, la orina, el sudor, la leche y las lágrimas de las mujeres con la regla eran capaces de inhibir el crecimiento de todas las plantas.

No fue hasta finales del siglo XX (20, sí, has leído bien), que se reconoció en el mundo científico que no había ninguna evidencia de la existencia de menotoxina y que los resultados aparentemente positivos publicados por Béla Schick y otros científicos se basaron en grupos de control inadecuados , estadísticas deficientes y errores de confirmación.

El lugar de la mujer es la cocina

¿Cuántas veces hemos escuchado esta y otras afirmaciones machistas relacionadas con el tema? Aunque lo cierto es que, para muchos, la frase correcta sería « El lugar de la mujer es la cocina de su casa»; de su casa, sí, porque la cocina de los grandes restaurantes ha sido terreno vedado para las mujeres hasta hace poco y en algunos lugares sigue siéndolo. 

Como explica a Directo al Paladar el escritor y biógrafo histórico-gastronómico Carlos Azcoytia Luque, debemos a una mujer la primera receta culinaria de la humanidad, así como la domesticación de los animales pequeños y la creación de la agricultura. Sin embargo, cuando la cocina traspasa el ámbito doméstico, se convierte en territorio de hombres.

¿Por qué? Según Azcoytia, por la «sacralización de los alimentos», es decir, el atribuirles un carácter sagrado. A nivel simbólico, el vino es sangre, el pan es carne y el aceite, hálito divino. Un ejemplo claro de esto es el cuerpo y la sangre de Cristo, que deben ser bendecidos y repartidos por un hombre, ya que la mujer es impura.

No solo las costumbres y tradiciones de las culturas antiguas y la filosofía han influido en la imagen de la mujer y su menstruación como algo venenoso, también la religión. Los textos religiosos principales (Biblia, Corán y Talmud) muestran a la mujer menstruante como un ser impuro e inmundo (literalmente) al que no está permitido realizar ciertas actividades ni entrar en contacto con personas, objetos o lugares. 

«En el momento en que la comida se sacraliza, el hombre se arroga la representación de Dios y la mujer queda relegada al ámbito familiar. La alimentación pasa formar parte de un estrato superior a nivel intelectual y, como consecuencia, el hombre se hace dueño de esta. Arrogándose la comunicación con los dioses influye en lo que es la alimentación a nivel de grupo, de pueblo».

A fin de cuentas, es el hombre el que revela lo que está permitido o no por Dios, por lo que tiene el poder de prohibir lo que se puede hacer o no. Y entre esas prohibiciones está la de cocinar en determinados momentos y, claro está, cocinar fuera del hogar se estuviera o no menstruando. Como explica Azcoytia, Mesopotamia es el germen de todas las religiones occidentales y donde se desarrolla un tipo de política y Estado que sería imitado durante milenios.

El Codigo de Hammurabi (1760 a. C.), uno de los conjuntos de leyes más antiguos encontrados, compilaba las leyes recibidas del Dios Marduk para fomentar el bienestar del pueblo. Entre las normas, claro está, se encontraban las que debían seguir las mujeres y las profesiones que podían desempeñar: esposa, esclava, sacerdotisa y tabernera (prostituta); fuera, por lo tanto, del eje del poder y sometidas a la voluntad del hombre.

Mujer y arte culinario

No es de extrañar que hasta bien entrado el siglo XIX, el papel de la mujer en la gastronomía estuviera relegado al ámbito doméstico y fuera infravalorado. De hecho, cuando las mujeres comenzaron a reivindicar sus derechos a participar del ámbito público o bien se les negaba o bien se las despreciaba. No hay nada como la comida que hace una madre, salvo si quiere que se convierta en arte culinario. Ahí no está a la altura.

Cuando los hombres comienzan a cocinar para la sociedad (no sin obstáculos, ya que la cocina era un territorio femenino y estaba mal visto), esta actividad adquiere prestigio, seriedad e importancia por el mero hecho de hacerlo ellos. Como explica Angélica Cortés Fernández en este magnífico artículo, « La cocina, una vez conquistada por los hombres, se hace famosa y se convierte en trabajo remunerado y respetado: es encumbrada y elevada a la categoría de arte porque la realizan los varones.

Son ellos los que consiguen que se dote de un prestigio social nunca visto a la cocina.

El mismo intento por parte de las mujeres habría sido considerado una intrusión en el ámbito público, terreno vetado para ellas hasta hace bien poco.

Sin embargo, ellos han tenido la oportunidad de entrar en el espacio “femenino’”de la cocina y de hacerlo público, “masculino”, creando un nuevo concepto de la Cocina con mayúsculas».

Lo lamentable es que, para reafirmar ese concepto, se vetó a las mujeres en las escuelas de alta cocina impidiendo que se desarrollaran. ¿Por qué tanto miedo si realmente no estaban a la altura de un hombre? Y cuando se permitió su acceso, las trabas y la presión que debían soportar era muy superior a la de los compañeros; tenían que demostrar que eran válidas pues se partía de la base de que no lo eran. 

Una situación que ha continuado hasta nuestros días tal y como revelan estudios como Women Professional Progress to Chef’s Position: Results of an International Survey o Women Chefs’ Access Barriers to Michelin Stars: A Case-Study Based Approach, de Majd Haddaji, Jose Albors-Garrigós y Purificación García-Sigovi, de la Universitat Politecnica de Valencia (U.P.V.), que muestran la discriminación de género en las altas cocinas.

¿Te parece exagerado afirmar que esa discriminación existe? Para muestra, un botón: ¿cuántas chefs femeninas conoces? Puede que sientas la tentación de contestar que es porque son peores que los hombres. ¿En serio? Actualmente, en las escuelas de cocina hay casi tantos alumnos masculinos como femeninos, pero solo en el 7% de los restaurantes de alta cocina hay una mujer al mando. ¿Todas aprobaron con un 5 raspado?

Como declaró a la agencia EFE Jose Albors-Garrigós, uno de los autores de estos dos estudios, «Tradicionalmente, en el ámbito doméstico la cocina se ha asociado a la mujer, mientras que los restaurantes y la alta cocina sigue siendo en esencia un mundo de hombres, en el que todavía perduran algunos roles y estereotipos masculinos».

Y no solo roles y estereotipos, también un salario inferior para las chefs: en concreto, un 28,3% menos que sus homólogos masculinos.

Manos calientes, manos frías, manos válidas

Sushi, arte culinario elevado a su máxima expresión. Solo los elegidos pueden elaborarlo y, obviamente, los elegidos solo pueden ser hombres. Las mujeres nunca conseguirán que sea perfecto porque la temperatura de sus manos es muy alta (y yo que creía que las tenemos frías), especialmente cuando están menstruando, por lo que pueden echar a perder la temperatura del pescado, a lo que se añade que su flujo menstrual es fuente de microbios que contaminan la carne cuando se adoba y que el periodo afecta al olfato y al gusto, impidiendo que cocinen sushi con la misma precisión que un hombre.

¿Estudios científicos que prueben estas afirmaciones? Ninguno.

Perdón, se me ha olvidado matizar: las mujeres no son dignas de cocinar sushi como maestras en restaurantes de alta cocina; en casa, sí.

Un fragmento del prólogo del libro El simio y el aprendiz de sushi, del primatólogo Frans de Waal, es muy esclarecedor al respecto: «Me han dicho que la razón de que las mujeres nunca sean maestras en el arte de cocinar sushi se debe a que sus manos tienen demasiada temperatura para esta tarea, una explicación que, por otra parte, hay que tomar con cierta reserva puesto que nadie se ha quejado nunca del sushi que preparan las mujeres en los hogares japoneses» Y añade «Los hombres suelen apropiarse de todos los méritos de los trabajos más prestigiosos; la exclusión de las mujeres del ámbito del sushi confirma el lugar central que ocupa en la cultura japonesa». 

Ha llovido mucho desde que en 1895, Marthe Distel fundó la prestigiosa escuela de cocina Cordon Bleu para que las mujeres pudieran aprender las artes culinarias reservadas a los hombres. Su ejemplo sirvió para que miles cogieran su testigo demostrando que el mundo de la alta cocina también es femenino.

Cada vez más mujeres consiguen ser reconocidas por el premio Michelín (eso sí, como reconoce la propia guía, apenas un 10% del total de los galardonados) o crear escuela con sus conocimiento y experiencia como Yuki Chidui que, en 2010, abrió en Tokio el restaurante Nadeshico Sushi en el que solo emplea a mujeres para demostrar lo ilógico de la prohibición ancestral.

Prohibiciones que pueden parecer intrascendentes salvo si consideramos que en culturas menos desarrolladas afectan con mayor virulencia a las mujeres a las que, directamente, se las impide cultivar el campo, entrar en donde se almacenan los alimentos frescos o cocinar cuando están menstruando porque su cuerpo emana veneno que matará a todo lo que esté a su alrededor, incluyendo a los que se atrevan a probar sus guisos.

Mujeres que son aisladas, encerradas o despreciadas hasta el punto de poner en peligro su vida, como las que viven en ciertas zonas de Nepal, por el mero hecho de ser lo que son. La humanidad no ha avanzado tanto en los milenios transcurridos.

Está en nuestras manos frías y calientes, grandes y pequeñas, masculinas y femeninas desterrar los mitos que discriminan a una persona por el hecho de haber nacido con uno u otro sexo biológico.

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