Edadismo y menopausia: la doble discriminación que soportan las mujeres mayores

Menopausia | | Brenda B. Lennox

«Mientras los hombres maduran, las mujeres envejecen».

Susan Sontag (1979)

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el edadismo como un conjunto de prejuicios, estereotipos y discriminaciones basados en creencias, normas sociales y valores, que se aplican a las personas simplemente por su edad, afectando negativamente a todos los ámbitos vitales, incluyendo la salud, la educación, la participación social y el empleo.

Si bien ya desde mediados del siglo XX se le consideraba una causa de discriminación junto con la raza, el género, el estatus económico y el atractivo físico, es en la actualidad donde parece haber cobrado más fuerza, especialmente en las sociedades organizadas en torno a la productividad, hasta el punto de igualar al racismo y al sexismo; aunque se considera más perniciosa que estos porque se acepta socialmente, no se cuestiona, no se combate y es asumida por la persona discriminada, que se identifica con esa imagen negativa de sí misma como si fuera una realidad y no un constructo social, infravalorándose y menospreciándose.

Además, como considera que su deterioro es inevitable, no hace ningún esfuerzo por evitarlo, favoreciendo la pérdida de independencia, el aislamiento, la discapacidad, la depresión y la mortalidad anticipada. 

Edadismo en los medios de comunicación

Los medios de comunicación desempeñan un papel crucial en la trasmisión de valores y en la creación, mantenimiento y/o erradicación de estereotipos. En palabras de la Dra. Sacramento Hernandis, Vicepresidenta de Gerontología de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), «La manera en la que se trata la imagen de las personas mayores en los medios es trascendental en la constitución de su identidad social, su autonomía e independencia personal, e incluso para que se reconozcan sus derechos».

Por desgracia, los medios de comunicación tienden a ignorar a las personas mayores, invisibilizándolas; no suelen ser los protagonistas de las películas ni series, ni sus logros considerados historias de interés social que merezcan aparecer en los principales programas televisivos o radiofónicos, y cuando sí lo son, es por cuestiones negativas o problemáticas (enfermedad, jubilación) o representando clichés que perpetúan y normalizan estereotipos. 

Según el estudio Representación de las personas mayores de 50 años en la publicidad española actual, elaborado por Helena Márquez, el sector del marketing y la publicidad también es muy edadista, pues apenas incluye a las personas mayores (solo el 11% de los personajes que aparecen en los anuncios televisivos supera los 50 años, un 3% supera los 65 y un 1% los 75) y cuando lo hacen, incurren en tópicos como mostrarlos como hogareños, olvidadizos, sedentarios o conservadores.

No es de extrañar que las personas mayores, en vez de sentirse orgullosas por sus logros, sientan vergüenza de envejecer, traten de mantenerse jóvenes o parecerlo y crean que no pueden hacer determinadas cosas.

La edad como un deterioro irremediable

El estereotipo más perjudicial es percibir el envejecimiento como algo negativo e irremediable, un deterioro constante de las capacidades físicas y mentales hasta la decrepitud. Considerar que los ancianos son personas improductivas, enfermas, seniles, anticuadas, deprimidas, asexuadas y carentes de valor provoca no solo que sus problemas y necesidades sean ignorados o menospreciados por la sociedad, sino también que ellos mismos asuman que carecen de valor y tiendan a aislarse.

Esto es pernicioso, porque al renunciar a la interacción social, va creciendo el aislamiento hasta el punto de afectar a su calidad de vida y bienestar, ya que aumenta su vulnerabilidad (las personas mayores son uno de los colectivos que sufren más maltrato, abandono, rechazo y acoso) y disminuye su calidad de vida (empeora su capacidad cognitiva y física, afecta a su salud mental, provoca una recuperación más lenta de la discapacidad y reduce su esperanza de vida una media de 7,5 años).

Además, al asumir que el proceso de envejecimiento (asociado a decrepitud) es normal e irremediable, tanto la sociedad como ellos mismos tienden a ignorar o minimizar algunos síntomas de enfermedades tratables al pensar que son «achaques» propios de la edad. De hecho, varios estudios han revelado que muchos profesionales de la salud tienen actitudes y prejuicios negativos frente a los pacientes de mayor edad, excluyéndolos de las decisiones sanitarias y limitando su acceso a opciones de tratamiento.

No solo los profesionales, también caen en estos estereotipos los familiares, que tienden a tratarles con condescendencia, a excluirles de decisiones que les afectan, conversaciones y actividades (como si su opinión careciera de importancia o su presencia fuera un estorbo) y a limitar su vida cuando quieren hacer algo «inapropiado para su edad». 

Conducta adecuada a la edad y microedadismos

El segundo estereotipo relacionado con el edadismo es la norma social «conducta adecuada a la edad». Las normas sociales son reglas creadas por una comunidad determinada en base a sus valores, costumbres y tradiciones, que regulan conductas, actividades y comportamientos de sus miembros y se suponen de obligado cumplimiento, derivándose sanciones personales y sociales para el infractor en caso de no obedecerlas.

Es decir, una persona que pertenezca a un grupo debe comportarse de acuerdo a lo que este considera correcto para poder ser aceptada y vivir en armonía con el resto de sus miembros, porque en caso de no cumplirlas, sufrirá la crítica, el escarnio y el rechazo de estos.

Es la sociedad la que determina qué conducta es la adecuada según la edad y es la sociedad la que recuerda a sus miembros qué es lo que deben o no deben hacer, despreciando y rechazando a quienes se comportan de otro modo.

Un ejemplo claro de esto son los #microedadismos, frases tópicas sobre la edad, limitantes y prejuiciosas, como: «vistes como si tuvieras 20 años menos», «las canas te hacen más vieja», «se te está pasando el arroz», «ya no tienes edad», «no es adecuado para tus años», «compórtate, que no eres una niña», etc.

Lo triste es que la propia persona acaba creyendo estos microedadismos y renunciando a sus deseos, sueños y aspiraciones como si no tuviera derecho siquiera a intentarlo.

Un ejemplo claro de esto es el libre disfrute de la sexualidad. Desgraciadamente, el grueso de la sociedad tiene una visión puritana sobre el sexo de los mayores al entender que o no existe o no debería existir, porque es amoral. Lo lamentable es que este rechazo también preside las políticas de instituciones públicas y privadas que impiden o dificultan a los ancianos el mantener relaciones sexuales en las residencias en las que viven, y la mente de profesionales de ámbitos como la salud, que ignoran o minimizan las afecciones sexuales en sus diagnósticos y prescripciones. 

Este estigma social es más limitante en el caso de las mujeres porque, como expliqué en el reportaje sobre los cambios que afectan a la vida sexual durante la menopausia, durante siglos se consideró que las relaciones sexuales solo debían tener como fin la procreación, considerando el disfrute del sexo como algo pecaminoso, sucio y amoral, lo que sumado a la creencia de que el único valor de la mujer era tener hijos ha generado el rechazo hacia la sexualidad de las mujeres tras la menopausia.

Edadismo y menopausia

La menopausia es, simple y llanamente, el momento en el que se interrumpe la ovulación y, por lo tanto, la menstruación. Sin embargo, el significado predominante de este proceso biológico es el social, basado en los conceptos culturales de feminidad y envejecimiento que establece cada comunidad. Es decir, este proceso meramente biológico está influenciado por factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales que influyen en cómo lo perciben (de manera positiva o negativa) las mujeres según la sociedad a la que pertenecen.

Este es el motivo por el, que dependiendo del contexto sociocultural, las mujeres menopaúsicas son vistas (y se perciben a sí mismas) como un valor añadido a la estructura social o como una carga.

La experiencia de la menopausia no se vive del mismo modo en Oriente que en Occidente. En los países no occidentales, se afronta de un modo más positivo porque supone un relativo ascenso en la posición social y personal que ocupa la mujer, y la libera de la carga de una posible maternidad y los inconvenientes de la menstruación.

Sin embargo, en los países occidentales, esta etapa se vive como un periodo muy negativo porque a los estereotipos relacionados con el edadismo se suman los que afectan a la menopausia en sí, como considerarla un problema de salud que necesita controles médicos y prevención de patologías, y la pérdida de la feminidad entendida como ser fértil y atractiva. Esto influye de tal manera en las mujeres que acaban sintiendo rechazo por su propio cuerpo y se vuelven dependientes de medicamentos y productos para combatir la menopausia y conseguir la eterna juventud. 

Ideal de belleza y valía personal

A partir de los años 80, la publicidad empezó a crear y utilizar estereotipos sociales para conseguir sus objetivos: vender más. Dentro de los estereotipos relacionados con la mujer, se encuentra el de la belleza como requisito determinante de la feminidad y su valía; pero no cualquier belleza, solo la que se ajusta a un canon que se corresponde con un rango de edad (de los 17 a los 25 años), la etapa de mayor plenitud sexual.

Es decir: somos válidas si somos sexualmente atractivas según ese ideal de belleza, si no, no.

Esto resulta evidente en los anuncios que muestran personas de más de 50 años. El valor de los hombres se centra en la masculinidad. Siguen siendo atractivos a pesar de sus arrugas porque tienen éxito, visten bien, ostentan cierto poder. Las mujeres atractivas de mediana edad lo son porque siguen siendo bellas, es decir, porque siguen pareciendo jóvenes. De este modo, las mujeres construyen su identidad personal en base a una imagen corporal excluyente, difícil de alcanzar, aunque se esfuercen por intentarlo una y otra vez. 

Por eso, cuando una modelo «perfecta», gracias al maquillaje y el photoshop, asegura en un anuncio que esa crema antiarrugas la mantiene atractiva (ya que una arruga es antiestética, no porque lo sea realmente, sino porque nos han convencido de que no lo es), muchas mujeres acaban comprando el producto; ese y el que esconde sus canas, el que adelgaza, el que oculta el paso del tiempo y su propia naturaleza como si fuera algo de lo que avergonzarse.

El problema no es que consumamos impulsadas por una manipulación publicitaria, el problema es que nos sentimos frágiles, vulnerables, infravaloradas, especialmente cuando llegamos a una edad en la que la ocultación de los signos del envejecimiento se convierte en algo imposible. 

No solo el mundo de la publicidad perpetúa este canon de belleza ideal, también el mundo del espectáculo.

Muchas estrellas cinematográficas denuncian que se las rejuvenece con photoshop quitando sus arrugas mientras que a ellos no (como el polémico cartel promocional de la película The Counselor), que sufren el deterioro de su carrera a partir de los 30 o se ven obligadas a interpretar el papel de madre de actores que apenas tienen diez años menos que ellas.

Puede que te parezca una exageración, porque no es tan evidente en la actualidad debido a que tanto el mundo de la publicidad como el del entretenimiento comienzan a adaptarse a los nuevos cambios sociales que reivindican la valía de las mujeres (y de los hombres) con independencia de su físico y edad, pero todavía queda un largo camino.

Como muestra, un botón: el otro día, mientras elaboraba un artículo sobre los trastornos relacionados con la menopausia, encontré decenas de páginas en las que mencionaban las arrugas como uno de ellos.

Cómo combatir el edadismo

Para combatir el edadismo (al igual que los estereotipos que rodean a la menopausia), lo primero que hay que hacer es visibilizarlo y señalarlo como lo que es: un tipo de discriminación tan perniciosa como el racismo o el sexismo, que no debemos tolerar ni permitir, por mucho que algunas personas ridiculicen su defensa alegando que es desmedida o exagerada. 

Lo segundo es ser conscientes de todas las veces que emitimos microedadismos, tratando a las personas mayores como si fueran niños («Toma tu zumito»), incapaces («Ya lo hago yo, que tú no sabes»), torpes («Dese prisa, señora»), poco atractivos («Las canas te hacen mayor», «De joven tuviste que ser muy bella»); les negamos los derechos que les corresponden («Son achaques, para qué vas a ir a un fisioterapeuta»; o limitamos sus sueños y aspiraciones («Ya no tienes edad para eso»), y dejar de hacerlo, así como no permitir que otros lo hagan.

Lo tercero es exigir a las administraciones y a los profesionales el cese de actitudes perjudiciales hacia las personas mayores, la vejez y el proceso de envejecimiento, así como de prácticas institucionales y políticas que perpetúan los estereotipos sobre esta etapa de la vida.

En cuanto a lo que podemos hacer por nosotras mismas, ante todo, tenemos que erradicar todos estos estereotipos así como la idea firmemente anclada en nuestro cerebro de que tanto el envejecimiento como la menopausia conllevan problemas fisiológicos y hormonales inevitables, para no caer en «la profecía autocumplida»: como creo que el deterioro es inevitable, no hago nada para enfrentarme a él y, precisamente por ello, acaba haciéndose realidad. 

Es cierto que hay síntomas que aparecen durante el climaterio, así como trastornos que pueden desarrollarse durante la menopausia como la osteoporosis, la hipotonía e hipertonía del suelo pélvico, disfunciones sexuales o reducción de la capacidad cognitiva, pero no afectan a todas las mujeres, ni lo hacen del mismo modo. De hecho, algunos de ellos como los sofocos, la depresión o la ansiedad, afectan más las mujeres que viven en países occidentales, debido a la influencia del contexto sociocultural, ya que no es meramente biológico.

De ahí la importancia de informarnos sobre los cambios que se producen en el organismo durante el climaterio y la menopausia, las afecciones más habituales, los tratamientos existentes y el estilo de vida que debemos adoptar para prevenir y minimizar los posibles efectos negativos; y de acudir a profesionales cuando sentimos algún síntoma (sin vergüenza, sin dilaciones, sin excusas) para exigir un diagnóstico personalizado.

Y, sobre todo, debemos encarar el proceso de envejecimiento como lo que realmente es: una nueva etapa repleta de oportunidades. Solo de este modo podremos abordar de un modo positivo los cambios que trae consigo y encararlos con una salud plena gracias a una alimentación adecuada, ejercicio físico, contacto con la naturaleza, cultivo de relaciones con personas que nos enriquezcan, emprendimiento de nuevos retos creativos e intelectuales y ruptura con las cargas emocionales del pasado.

Destierra todos los prejuicios, reivindica tus derechos, detén a los que pretenden limitarte; crea, ríe, llora, conversa, ama… en definitiva: quiérete y vive.

Fuentes:

Larrosa Domínguez, M., Tejada Musté, R. y Martorell Poveda, M.A. (2020). Influencia de la cultura en la menopausia: revisión de literatura. Cultura de los Cuidados (Edición digital), 24 (56)

Nuevos retos para la Psicología Social: edadismo y perspectiva de género (2005). Soledad de Lemus y Francisca Expósito. Universidad de Granada (España)

El Sexo en la Publicidad (2003). Fernando Javier Crecente Romero, Raquel Toribio Gómez y Diana Aguilera Santos.

El Sexo y la Publicidad (2005). William M. O’Barr

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